Hace unos días, una amiga me contó que su jefa le dijo algo que la dejó pensando toda la semana. No fue un halago ni una crítica, solo una observación: "Sos completamente diferente cuando estás sola en una reunión versus cuando hay gente mirando". Mi amiga se rio nerviosa, pero esa noche no durmió bien. Porque sabía que era verdad.
No es algo malo, aclaremos. Todas hacemos esto. Nos ponemos un abrigo invisible cada mañana—uno que cambia según dónde vayamos. En el trabajo, somos profesionales, contenidas, tal vez un poco más serias de lo que realmente somos. Con la familia, quizás sacamos nuestra versión más responsable, la que carga con expectativas acumuladas. En el boliche con amigas, nos permitimos ser más libres, más salvajes, más nosotras mismas. O creemos que sí.
La pregunta que nadie se atreve a hacer en serio es: ¿cuál es la versión real?
La verdad es que todas son reales. Y ninguna lo es del todo. Somos como prismas—refractamos la luz de manera distinta según el ángulo desde donde nos miran. El tema es cuando esos ángulos se alejan tanto entre sí que empezamos a sentir que vivimos en dimensiones paralelas. Cuando la mujer que aparece en las fotos de vacaciones no reconoce la voz de la mujer que llora en la ducha a las 3 de la mañana.
Eso que hacemos—esa calibración constante de quiénes somos según quién está mirando—viene de un lugar inteligente, en realidad. Es supervivencia emocional. Aprendimos temprano que no siempre es seguro ser completamente nosotras mismas. Que hay partes de nosotras que la gente no entiende, que juzga, que rechaza. Así que las metemos en cajas, las guardamos en armarios, las maquillamos.
Pero acá está la cosa que duele: cuando hacemos esto durante años, a veces olvidamos dónde pusimos las llaves.
Conozco mujeres que llevan tanto tiempo siendo "la que tiene todo bajo control" que cuando se sientan un domingo a la tarde sin nada que hacer, no saben quién están. Conocí a una que me dijo: "Cuando me miro al espejo sin pensar en cómo me veo para alguien más, no reconozco mi propia cara". Eso fue un antes y un después para ella. Fue el momento en que decidió que algo tenía que cambiar.
No se trata de ser auténtica todo el tiempo—eso es un mito espiritual que también nos enferma. Se trata de saber dónde está el centro. De tener una brújula interna que nos diga cuál es la versión de nosotras mismas que resuena con lo que realmente sentimos, queremos y necesitamos. Esa versión que existe incluso cuando nadie está mirando.
Tiene que haber un lugar seguro adentro tuyo donde puedas ser todo lo que sos sin editarte. Un lugar donde la tristeza sea tristeza, la rabia sea rabia, la confusión sea confusión. Donde no tengas que empaquetar nada para que sea más presentable o más digerible.
A veces ese lugar es una sesión de meditación donde por fin se silencia el ruido. A veces es una conversación con alguien que te ve de verdad. A veces es un ritual—algo que haces solo para ti, sin testigos, donde te das permiso de ser entera.
Porque aquí viene lo raro: cuando de verdad te encuentras a ti misma, cuando mapeas los territorios internos que llevas años evitando, algo se desbloquea. Empezás a moverte diferente por el mundo. No porque cambies quién sos, sino porque dejas de pretender que sos alguien más. Y eso, paradójicamente, es lo más liberador que puede pasar.
Si sentís que hay partes de vos que están dormidas, fragmentadas o perdidas en algún rincón que no visitas hace años, quizás es momento de hacer espacio para encontrarte. A veces solo necesitamos las herramientas adecuadas—un ritual, una lectura que nos hable, una energía que nos acompañe—para darle permiso a esa versión entera de nosotras mismas a emerger.
“Me permito ser entera cuando nadie me mira, porque así me reconozco cuando sí.”
— Santas Pitonisas
