Hace poco una amiga me contaba que se había dado cuenta de algo extraño: llevaba una semana entera sin probar realmente su café de la mañana. Lo preparaba, lo tomaba, pero no lo degustaba. Su mente ya estaba en el trabajo, en las llamadas pendientes, en lo que vendría después. Y mientras me lo contaba con esa risa nerviosa que algunas veces nos sale cuando admitimos algo que nos duele, yo pensé en cuántas de nosotras estamos ahí: presentes en cuerpo, pero ausentes en todo lo demás.
No se trata de un problema de meditación o de yoga. Es algo más profundo: es que en algún momento nos convencimos de que estar bien significa estar ocupadas, que valemos por lo que hacemos y no por lo que somos. Y así, corremos. Corremos de la cama al baño, del baño al trabajo, del trabajo a las obligaciones. Corremos incluso cuando estamos quietas, porque nuestra mente sigue varios pasos adelante.
Lo curioso es que cuando paramos, aunque sea por cinco minutos, algo en nosotras se relaja. No porque hayamos resuelto nada ni porque la lista de tareas desaparezca. Sino porque, por un momento, dejamos de pelear contra la realidad de lo que está sucediendo aquí y ahora. Esa mañana con mi amiga, cuando finalmente se sentó y respiró, cuando dejó que el café fuera solo café y no un trámite más, algo cambió.
No estoy hablando de convertirse en una persona zen que flota por la vida. Eso es un mito, y además es aburrido. Estoy hablando de algo mucho más simple y mucho más revolucionario: permitirse sentir lo que está pasando mientras está pasando. Cuando estás con tu hijo, estar realmente con él, sin scrollear el teléfono. Cuando estás en una conversación, escuchar de verdad en lugar de preparar tu respuesta. Cuando limpias, limpiar. Cuando comes, comer.
Sé que suena casi fácil cuando lo leo así escrito. Pero vivimos en un mundo que nos entrena constantemente a estar en otro lado. Los notificadores nos bombardean, el trabajo no termina nunca, las redes sociales prometen que siempre hay algo mejor pasando en otra pantalla. Y nosotras, las mujeres especialmente, cargamos con esa culpa adicional de que si no estamos haciendo todo todo el tiempo, nos estamos perdiendo algo o fallándole a alguien.
Entonces aquí viene lo que realmente importa: frenar no es un lujo. No es un capricho de gente con tiempo libre. Es un acto de resistencia, de amor propio, de cordura. Es decirle al mundo "mi presencia es mi regalo", y eso incluye mi presencia conmigo misma.
Un día cualquiera puede convertirse en un acto de transformación si decidimos vivirlo de verdad. La próxima vez que te tomes un café, que desayunes, que abras la puerta de tu casa, que abraces a alguien: preguntate si realmente estás ahí. Si tu cuerpo está pero tu mente está a mil kilómetros. Y si descubres que sí, que está, respira. Solo eso. Una respiración consciente es un puente de vuelta a ti misma.
En Santas Pitonisas entendemos que cada una de nosotras necesita herramientas diferentes para volver a casa, a ese espacio donde las cosas tienen sentido. Ya sea a través de una meditación guiada que te devuelva a tu cuerpo, una sesión de reiki que disuelva esa tensión que cargas sin darte cuenta, o una consulta de tarot que te ayude a entender qué necesitás en este momento específico de tu vida. Porque estar presente no es una meta abstracta: es algo que se cultiva, que se practica, que se vive.
“Respiro, estoy aquí, y eso es suficiente.”
— Santas Pitonisas
