Hace poco una amiga me contó que llevaba tres años buscando su "propósito de vida". Iba a talleres, hacía listas, respondía cuestionarios online. Estaba angustiada porque sentía que mientras ella buscaba, el resto del mundo ya sabía qué hacer. Un día, cansada, dejó de buscar. Y fue ahí, en esa pausa, cuando se dio cuenta de que llevaba cinco años organizando círculos de apoyo para mujeres en su barrio. Sin haberlo planeado. Sin etiquetarlo como su "misión".
Creo que la mayoría de nosotras hemos estado en ese lugar. Esa sensación de que tenemos que descubrir algo grande, algo que justifique nuestra existencia, algo lo suficientemente importante como para que valga la pena vivirlo. Y mientras buscamos eso, nos perdemos lo cotidiano. Los gestos pequeños. Las cosas que hacemos sin pensarlas, casi como respirando.
Lo interesante es que el propósito no funciona como creemos. No es una meta que está en el futuro, esperando que la encuentres. Es más bien como esos objetos que buscás por toda la casa y resulta que estaban en tu mano todo el tiempo. Tu propósito está tejido en tus decisiones, en lo que te duele, en lo que te hace sentir viva, en los momentos donde se te olvida el tiempo.
Pensá en esas ocasiones donde hiciste algo y después sentiste que eso fue lo correcto. No porque alguien te lo dijo, sino porque tu cuerpo lo supo. Quizás fue cuando escuchaste a alguien sin juzgarla. O cuando pusiste orden en el caos. O cuando creaste algo, aunque fuera una comida, una conversación, un dibujo. Esos instantes son migas de pan. Tu propósito está en seguir las migas.
El problema es que vivimos en una época donde nos piden que seamos claras, concisas, productivas. "¿Cuál es tu pasión?" nos preguntan, como si tuviéramos que tener una sola, como si fuera algo que brilla en la oscuridad y nos ilumina el camino. Pero la vida no funciona así. La vida es confusa, contradictoria, hermosa en su complejidad.
A veces tu propósito es ser madre. A veces es ser una buena amiga. A veces es aprender a estar sola sin miedo. A veces es sanacar las heridas que no sabías que tenías. A veces es simplemente permitirte disfrutar de una tarde sin sentirte culpable. La vida no es lineal, y tu propósito tampoco debería serlo.
Lo que yo he aprendido es que conectar con tu propósito es más un acto de escucha que de búsqueda. Es parar, respirar, y preguntarte sin las prisas: ¿qué me hace sentir que estoy en casa? ¿Qué haría aunque nadie me pagara, aunque nadie me viera? ¿De qué tengo miedo de fallar? ¿Qué injusticia me hierve en el pecho? Las respuestas a esas preguntas no vienen de afuera. Vienen de adentro.
Y acá es donde la magia sucede: cuando empezás a confiar en tu intuición, cuando te permitís sentir sin explicar, cuando mirás hacia adentro con honestidad. Esa conexión profunda contigo misma es lo que te muestra el camino. No es algo que se entiende con la cabeza. Se siente.
Encontrar tu propósito no es un destino. Es una relación contigo misma. Es aprender a quererte lo suficiente como para permitirte ser imperfecta, cambiar de opinión, evolucionar. Es darte cuenta de que el viaje es el propósito, no el final del viaje.
En Santas Pitonisas entendemos que esta búsqueda es personal, única, sagrada. Ya sea a través de una lectura de tarot que te haga preguntas que necesitabas hacerte, una sesión de reiki que te permita sentir tu propio cuerpo con compasión, o una meditación guiada que te devuelva a ese silencio donde tu voz interior es clara, estamos acá para acompañarte en ese encuentro contigo misma.
“Mi propósito me encuentra cuando me permito estar quieta y escucharme.”
— Santas Pitonisas
