Hay un momento en toda relación importante donde dejás de poder esconderte. No es un momento bonito de película, generalmente. Es más bien ese instante incómodo cuando tu pareja te devuelve un espejo y vos no querés mirar lo que hay del otro lado.
Me pasó con una relación que pensé sería para siempre. No fue por infidelidad ni por esos motivos que la gente suele mencionar en las reuniones familiares. Fue porque él me amaba demasiado como para dejarme seguir siendo quien creía ser. Y eso fue devastador.
Durante años construí una identidad basada en lo que pensaba que debía ser: la mujer fuerte que todo lo resuelve, que no molesta, que entiende y contiene. La que nunca pide. Mi pareja, desde el amor, empezó a cuestionarme cada vez que yo negaba una necesidad, cada vez que posterguaba mis sueños, cada vez que traía mi culpa al dormitorio como si fuera equipaje necesario. No me lo decía desde el reproche. Lo hacía desde un lugar de genuina preocupación por mí misma.
Eso duele más que cualquier abandono.
La verdad incómoda es que el amor real no nos deja ser cómodas con nuestras propias mentiras. No el amor romántico que vemos en las películas, donde todo es armonía y entendimiento mágico. El amor de verdad—ese que viene en diferentes formas, en parejas, amistades, hasta en la relación con nosotras mismas—es un espejo que no tiene botón de apagado.
Vi a una amiga pasar por algo parecido. Ella llevaba años en una relación donde su pareja la miraba como si fuera expandible, como si tuviera permiso de ocupar más espacio. Después de años de sentirse pequeña con otras personas, su pareja le preguntaba por qué no hablaba en las reuniones, por qué se disculpaba por existir, por qué pedía permiso para vivir. No era un reproche. Era una invitación desesperada a que se viera a sí misma como él la veía.
No todas las relaciones duran. La de mi amiga terminó, pero ella quedó transformada. No volvió a ser la misma. Y eso que se siente como pérdida al principio, después se revela como el crecimiento que necesitaba.
El trabajo espiritual que hacemos cuando nos aman de verdad es el más profundo. No necesitamos ir a buscar nuestras sombras a un consultorio. El amor nos las trae cada martes a las 8 de la noche, en la conversación que no queremos tener, en el abrazo que cuestiona nuestras defensas, en la paciencia de alguien que se niega a abandonarnos mientras nos abandonamos a nosotras mismas.
Por eso digo que las relaciones conscientes son un acto de valentía, no de romanticismo. Es elegir ser vista. Es aceptar que alguien más tenga acceso a nuestras grietas y que, en lugar de taparlas, nos ayude a hacerlas luz.
No es para todas. Algunas necesitamos tiempo en soledad, en silencio, reconstruyendo lo que se rompió cuando finalmente nos vimos. Y eso también es sagrado. El punto es que en algún momento, alguien nos ama lo suficiente como para no dejar que sigamos durmiendo con nuestras propias mentiras. Y eso, aunque duela como nada, es quizás el regalo más grande que podemos recibir.
Si estás en ese lugar incómodo ahora—donde el amor te está pidiendo que seas más honesta contigo misma, que reclames tu espacio, que dejes de disculparte—quiero decirte que lo que sentís es el crecimiento golpeando. Es incómodo porque es real. Y si necesitás acompañamiento en ese camino de auto-descubrimiento, de sanar lo que el amor sacó a la superficie, en Santas Pitonisas encontrás herramientas y miradas que te ayudan a entender qué estás viviendo desde otro lugar. A veces solo necesitamos permiso para transformarnos.
“Me amo lo suficiente como para crecer, incluso cuando duele.”
— Santas Pitonisas
